La mujer más peligrosa es la que no pueden silenciar.

En mayo de 1860, Elizabeth Packard se despidió de sus seis hijos con un beso. Pensó en la cena que prepararía más tarde. Pensó en la ropa sucia. Pensó en la tranquila vida de una madre en Illinois, EEUU.


No tenía ni idea de que, al cerrarse la puerta principal, permanecería cerrada con llave durante tres largos años.

Su esposo o carcelero - Theophilus Packard, era un ministro "respetado". Para los vecinos, era un hombre de fe. Pero en la intimidad de su hogar, era un hombre que no soportaba a una esposa que pensara por sí misma. A Elizabeth Packard le gustaba leer.

Le gustaba debatir sobre religión. Tenía sus propias opiniones sobre la vida y la fe. En el siglo XIX, que una mujer tuviera cerebro se consideraba un peligro.

Theophilus decidió poner fin a la discusión de una vez por todas. No necesitaba un delito. No necesitaba testigos. En aquellos tiempos, la ley en Illinois permitía que un hombre internara a su esposa en un manicomio sin pruebas ni audiencia pública. Simplemente tenía que decir que estaba "perturbada". Una mañana, un grupo de hombres llegó a su casa. No escucharon su lógica. No les importaron sus lágrimas. La arrastraron al manicomio de Jacksonville. Elizabeth tenía 43 años, estaba perfectamente cuerda y, de repente, era prisionera.

Al entrar en el manicomio, esperaba ver a personas que necesitaban atención médica. En cambio, encontró un almacén de mujeres "incómodas". Había esposas que habían discutido con sus maridos por dinero. Había hijas que se negaban a casarse con hombres a los que no amaban. Había mujeres que simplemente eran demasiado ruidosas o demasiado independientes.

"Esto no es un hospital", se dio cuenta Elizabeth. "Es una jaula para los indeseados".

Los médicos intentaron doblegarla. Le dijeron que si admitía que su marido tenía razón y ella estaba equivocada, podría irse a casa. Querían que dijera que estaba loca por querer tener sus propios pensamientos. Elizabeth los miró a los ojos y dijo: "No puedo comprar mi libertad con una mentira".

 Ella no se rindió. En cambio, empezó a escribir. Escondía trozos de papel en el forro de su ropa. Guardaba notas bajo las tablas del suelo. Registraba cada abuso, cada grito en la noche y cada historia de las mujeres que la rodeaban. Se convirtió en una periodista secreta dentro de una pesadilla viviente.

Después de tres años, finalmente fue liberada, pero su esposo la encerró en una habitación de su casa. Planeaba trasladarla a otro manicomio en otro estado. Esta vez, las amigas de Elizabeth la ayudaron a hacerle llegar un mensaje a un juez.

Finalmente se ordenó un juicio para determinar si realmente estaba loca, no si su esposo era abusivo o violento con ella o con sus hijos. Aparentemente en esa época era permitido que un hombre tratara a la mujer e hijos como si fueran parte de la propiedad o los bienes dentro de la unión. Tal como ahora la ley en Afganistán permite a los hombres tratar a sus esposas e hijos de la misma forma.

La sala del tribunal estaba abarrotada. Theophilus estaba seguro. Trajo a "expertos" para decir que sus dudas religiosas demostraban que su mente estaba perturbada. Pero entonces, Elizabeth se puso de pie.

No gritó.

Habló con la serena fuerza de la verdad. Explicó sus creencias. Le demostró al jurado que tener una opinión diferente no es una enfermedad.

El jurado solo necesitó siete minutos. Regresaron con una sola palabra: Cuerda. 

Elizabeth salió libre, pero descubrió que su esposo se lo había llevado todo. Había vendido los muebles, se había quedado con su dinero y había desaparecido con sus hijos. Estaba sola y sin un centavo.

La mayoría de la gente habría desaparecido en la sombra. Elizabeth hizo lo contrario. Pasó los siguientes cuarenta años viajando por el país. Se presentó ante la legislatura y exigió nuevas leyes.

Dijo: La mente de una mujer le pertenece, y la ley debe protegerla.

Gracias a ella, los estados cambiaron sus leyes. Prohibieron encarcelar a una persona sin un juicio justo ni un examen médico. Convirtió su dolor personal en un escudo público para miles de mujeres.

Demostró que, aunque le quiten a una mujer su hogar, su dinero y sus hijos, jamás podrán silenciarla por completo.

Kate Moore - La mujer que no pudieron silenciar.

-160 años más tarde de la historia de Elizabeth Packard, aquí estamos las Mujeres y Madres Protectoras, dando la cara y la batalla por nuestros derechos, los derechos de la infancia, en juzgados familiares, en fiscalías y en cualquier otra instancia, para visibilizar y promover la lucha contra la Violencia Vicaria, que nos cosifica, nos deshumaniza, nos criminaliza y nos tortura en nombre de la permanencia y prevalecencia de un falso "status quo" familiar.

Voces de la Violencia Vicaria.
Acompañamiento Resiliente.
Activismo Pro Derechos de las Infancias y Mujeres en situación de riesgo y vulnerabilidad de Violencia Vicaria.

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