La violencia no disminuye ni desaparece, aumenta y se transforma en entornos cómplices y cercanos al perpetrador.


Ante la violencia o un crimen de género, lo que importa no es únicamente la relación que existe entre el perpetrador y la víctima, sino también la relación del perpetrador con sus familiares, amigos, compañeros de trabajo y cualquier entorno social e institucional que tolera, minimiza, justifica o incluso recompensa esa conducta hasta ensañarse de forma perversa en contra de la víctima, mujeres, NNyA, como lo ha señalado la antropóloga Rita Segato. 

La violencia vicaria como parte de la violencia machista y de género, no se sostiene solo por la voluntad individual del agresor vicario, sino por los pactos de silencio, las complicidades, la impunidad y las estructuras de poder que le permiten ejercer manipulación y control sobre personas cercanas a él, y las personas cercanas a sus víctimas.

En los casos de violencia vicaria, esta dinámica adquiere una dimensión intangible pero no menos grave. El agresor no solo busca dañar a la mujer a través de sus hijas e hijos, sino que despliega estrategias de aislamiento, control coercitivo, desgaste psicológico y manipulación para colocar a toda la familia en una situación de indefensión y desprotección. Las niñas, niños y adolescentes dejan de ser reconocidos como sujetos de derechos y son instrumentalizados como medios para ejercer dominio, castigo y destrucción emocional sobre la madre.

Cuando el entorno familiar, social, institucional y judicial falla en identificar, nombrar todas estas dinámicas, se exacerba el aislamiento, el daño se profundiza y las víctimas quedan cada vez más expuesta a mayor daño. La incredulidad, la revictimización, las falsas justificaciones entre agresor-victimas o la interpretación social - judicial del caso como "simples conflictos de pareja  o problemas familiares" favorecen los objetivos del perpetrador, quien encuentra en esas respuestas una forma de validar y prolongar su control coercitivo.

La acciones, no deberían limitarse a señalar por qué la víctima no pudo escapar o denunciar antes, sino en sacar a flote las condiciones sociales, culturales e institucionales que permitieron que el agresor mantuviera ese poder durante tanto tiempo y quiénes, por acción u omisión, contribuyeron a que mujeres, niñas, niños y adolescentes permanecieran aislados, desprotegidos y privados de una protección efectiva de sus derechos. 

La comprensión y análisis de estas redes de complicidad e impunidad resulta indispensable para prevenir la violencia vicaria y garantizar una respuesta centrada en la dignidad, la seguridad y los derechos humanos de las víctimas.

Carolina Hernández León 
Co-fundadora Voces de la Violencia Vicaria - Facilitadora Resiliente.
Acompanamiento a mujeres, niñas, niños y adolescentes en situación de riesgo y vulnerabilidad de Violencia Vicaria.
Activismo Pro Derechos de la infancia libre de violencias.


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