El único vinculo posible con un maltratador es con su violencia.
Con demasiada frecuencia se cree que un maltratador establece un vínculo con su pareja, con sus hijos, con su familia, con sus amistades o con las personas que lo rodean. Sin embargo, cuando se observa de manera reiterada su forma de actuar, aparece una realidad distinta: el vínculo más estable y profundo no es con las personas cercanas, sino con la violencia como forma de relacionarse con el mundo.
Las personas pueden cambiar. Una pareja puede separarse, los hijos pueden crecer, los amigos pueden alejarse, un trabajo puede terminar o un grupo puede dejar de tolerar ciertos comportamientos. Lo que puede permanecer es el patrón de dominio, control, intimidación, manipulación y abuso. En ese sentido, la violencia deja de ser una reacción ocasional para convertirse en el eje alrededor del cual organiza sus relaciones.
Por ello, cuando hablamos de Violencia Vicaria, el maltratador no necesita una víctima específica; necesita un contexto donde pueda ejercer poder y qué mejor entorno que la familia. Si pierde una fuente de control, como su esposa, buscará otra, los hijos. Si la mujer pone límites, intentará quebrantarlos o dirigirá su conducta hacia alguien más vulnerable, niñas, niños y adolescentes justo cuando la mujer no esté presente para protegerlos. Lo importante para él no es la identidad de la persona, sino conservar la posición de superioridad que obtiene mediante la violencia.
Esto también explica por qué los límites, las normas, los derechos o incluso la ley no siempre funcionan como barreras o contención de su violencia. Para un maltratador que concibe las relaciones desde la lógica del dominio, los límites pueden convertirse en retos que pueden transgredirse o desafíos que deben ser vencidos. Un maltratador no percibe a la mujer e hijos como sujetos con igual dignidad y derechos, sino como medios para satisfacer sus necesidades de control, reconocimiento o impunidad.
Por otra parte, la Dra. Jessica Taylor ha investigado al respecto sobre cómo las respuestas sociales e institucionales tienden a proteger al maltratador y cuestionar a las víctimas. Su trabajo muestra que la violencia no se sostiene únicamente por quien la ejerce, sino también por los entornos que la minimizan, justifican o la hacen invisible.
Por eso la violencia de un maltratador tampoco permanece intacta o idéntica. Se transforma según el entorno y las consecuencias que pueda enfrentar. Puede adoptar la forma de agresión física cuando sabe que difícilmente será sancionado; convertirse en violencia psicológica cuando la física resulta más visible; utilizar la violencia económica, institucional o judicial cuando esas herramientas le ofrecen mauor control; o con frecuencia puede recurrir a la manipulación, la difamación, el acoso o la instrumentalización de otras personas cercanas a él, su familia de origen, compañeros de trabajo, nueva pareja cuando él necesita prolongar el daño sin exponerse directamente.
En cada espacio donde se desenvuelve un maltratador su violencia cambia de apariencia para adaptarse al contexto. En la familia puede presentarse como "autoridad"; en el trabajo, como "liderazgo fuerte"; en la política, como "mano dura"; en instituciones, como "estricto cumplimiento de las reglas"; en comunidades religiosas o sociales, como "defensa de los valores". El mecanismo de fondo sigue siendo el mismo: concentrar poder, reducir la autonomía de otras personas y neutralizar cualquier resistencia.
La forma en que los entornos perciben su violencia también influye en su permanencia. Cuando otros grupos minimizan los hechos, los justifican o los interpreta como conflictos familiares o privados, donde nadie tiene que inmiscuirse, su conducta encuentra un terreno fértil para continuar. Si las personas cercanas al maltratador normalizan el control, confunden el miedo con respeto o consideran que la crueldad es una muestra de carácter, el maltratador recibe una confirmación implícita de que su estrategia funciona.
Por el contrario, cuando un entorno reconoce los patrones de abuso, establece o le recuerda cuáles son los límites no negociables, protege a las víctimas y exige consecuencias, la violencia pierde parte del espacio que necesita para operar. Esto no significa que el maltratador cambie necesariamente, sino que disminuyen las oportunidades para ejercer el control con impunidad.
Desde esta perspectiva, el problema no radica únicamente en la relación entre un agresor y una víctima. También involucra la respuesta de las familias, las instituciones, los lugares de trabajo, los sistemas judiciales y la sociedad. La violencia vicaria prospera cuando encuentra indiferencia, complicidad o personas que se prestan para encubrirla; se debilita cuando encuentra responsabilidad, protección efectiva y una cultura que reconoce la dignidad y los derechos de todas las personas.
Comprender que el vínculo principal del maltratador vicario es con su violencia permite dejar de interpretar la Violencia Vicaria como casos de "simples" problemas familiares aislados, de personalidad, de pareja o de comunicación que den paso a propuestas de tratamientos, terapias, reconciliación o revinculación.
Ayuda mucho a entender que existe un patrón relacional centrado en el ejercicio del poder y que, mientras ese patrón siga siendo funcional, social e institucionalmente aceptado y tolerado, tenderá a reproducirse, adaptarse y manifestarse en cualquier otro ámbito donde encuentre la oportunidad de hacerlo.
La Violencia de un maltratador vicario no disminuye ni desaparece, aumenta.
Carolina Hernández León
Co-Funfadora Voces de la Violencia Vicaria - Facilitadora Resiliente.
Acompanamiento a mujeres niñas, niños y adolescentes en situación de riesgo y vulnerabilidad de Violencia Vicaria.
Activismo Pro Derechos de la infancia libre de violencias.
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