Nada ha cambiado...
Por cada mujer golpeada hoy, por cada cuerpo invadido, por cada voz silenciada en una casa, en una calle, en una oficina, por cada desaparición forzada, por cada uno de los 10 feminicidios diarios, aún hay una bruja ardiendo en una hoguera. Arde sin fuego visible. Arde en el abandono. Arde en la indiferencia, en la incredulidad de quienes miran hacia otro lado y preguntan ¿qué habrá hecho? en lugar de ¿cómo la protegemos?.
La hoguera ya no está en la plaza pública, pero sigue encendida.
Arde en el comedor familiar donde se minimiza la violencia.
Arde en la sociedad que normaliza el miedo como parte de ser mujer.
Arde en los gobiernos que archivan denuncias, que cuentan desapariciones como cadáveres, que convierten nuestra sangre en estadística y nuestra rabia en culpa, revictimización y exageración.
Antes nos llamaban brujas.
Hoy nos llaman problemáticas, exageradas, locas, feminazis.
Antes nos quemaban por saber, por confiar en nuestra intuición, por sanar, por no obedecer.
Hoy nos castigan por denunciar, por irnos, por sobrevivir, por nombrar lo innombrable que ocurre dentro de las familias y las instituciones.
Cada niña, adolescente y mujer que ha sido violentada en México, hay una memoria colectiva que vuelve a gritar.
Cada feminicidio es una hoguera moderna, alimentada por la indiferencia, por el silencio cómplice, por la impunidad que protege al agresor y vuelve a matar a la víctima una y otra vez.
Pero también nada ha cambiado en otro sentido:
seguimos aquí, somos las hijas de las que no pudieron salvar.
Somos las nietas de las que callaron para seguir vivas, somos las hermanas que hoy se buscan, se creen las unas a las otras, se sostienen, se acompañan en el duelo y en la rabia.
Donde antes hubo soledad, hoy tejemos redes y slroridad, donde antes hubo miedo, hoy hay palabras y dialogos que liberan, donde antes ardían cuerpos aislados, hoy arde una conciencia colectiva que ya no pide permiso.
Porque cada vez que una niña, adolescente y mujer nombra la violencia que no es suya, apaga una hoguera.
Cada vez que otra le cree, el fuego cambia al bando que le corresponde rendir cuentas.
Cada vez que nos cuidamos entre nosotras, desarmamos siglos de persecución.
No somos ceniza.
Somos memoria viva.
Somos la llama que ya no quema mujeres, sino que alumbra la verdad.
Y aunque el país, su gobierno y las instituciones insistan en hacer como si no pasara nada, nosotras sabemos: por cada niña, adolescente y mujer que resiste, una bruja deja de arder sola, por cada mujer que despierta, el fuego ya no nos consume: nos une.
Voces de la Violencia Vicaria también son las voces de la infancia y adolescencia que no podrán ser acalladas.
Comentarios
Publicar un comentario