No están con su papá, están con su agresor. Disonancia Cognitiva.
El término disonancia cognitiva nombrada y estudiada por León Festinger, menciona que la disonancia en las relaciones surge como una incomodidad interna ante un hecho, dos ideas son contradictorias pero generan una tension que actúa como un velo: permite convivir con lo evidente del daño sin verlo ni nombrarlo realmente.
Este mecanismo hace posible que el daño se fragmente, se minimice o se justifique, dejando impunes a personalidades oscuras, narcisistas, psicopáticas o profundamente abusivas, que saben moverse entre roles como esposo, padre, sin que sus actos sean identificados, leídos e interpretados como un patrón.
Un ejemplo bastante común es cuando los hijos adultos de un mismo matrimonio o niñas, niños y adolescentes NNyA defienden indirectamente al padre bajo la frase “en mi infancia a mí no me faltó nada”. Desde su experiencia individual, esa afirmación puede ser cierta pero lo que la disonancia impide ver es el conjunto: el desprecio sistemático, la humillación y la violencia psicológica que ese mismo hombre ejerció sobre la madre.
El problema no es solo que haya sido “buen padre” en ciertos momentos, sino que en realidad fue simultáneamente un esposo abusivo y violento, ambos roles coexistieron en la misma persona. Ese hombre no solo dañó un vínculo sino que además abusó de dos roles de poder, padre y esposo, para ejercer control, manipulación y violencia.
El impacto del daño no se limita a la pareja; se expande hacia los hijos, NNyA. Muchas veces ese abuso termina creando distancia emocional entre la madre y los hijos, no porque la madre falle, sino porque el agresor logra dividir la familia en bandos, confundirlos y enfrentar a todos los miembros.
El resultado es una familia fragmentada donde la víctimas quedan aisladas y el agresor, protegido. La disonancia permite que todo esto sea interpretado como “problemas de pareja”, “conflictos familiares” o “situaciones separadas”, cuando en realidad forman parte de un mismo sistema de abuso, sin que el riesgo salte a la vista ni se proteja a los más vulnerables, los niños, quienes no están con su papá, están con su agresor.
Familias, sociedad, instituciones e incluso jueces de juzgados familiares tienen por costumbre mirar los hechos de forma aislada: evalúan si el padre cumplió económicamente, si no hubo golpes o violencia visible, si cada vínculo por separado parece “normal”. Así, lo estructural se diluye y el patrón de abuso y violencias desaparece dejando sin efecto la perspectiva de infancias y perspectiva de género.
Cuando se juzga el daño sin integrar los distintos roles que un hombre ocupa, cualquier proceso judicial favorece su impunidad. Las personalidades abusivas se benefician de esta mirada fragmentada, saben que mientras alguien pueda decir “conmigo no fue así”, el abuso quedará relativizado, miniminado sin tomar en cuenta el riesgo de Violencia.
La disonancia no solo protege al agresor; obliga a las víctimas a cargar con la incomprensión, el descrédito y, muchas veces, la ruptura de los lazos más importantes de su vida.
Identificar, reconocer y nombrar este mecanismo es importante para entender que la disonancia cognitiva, como una forma de abuso emocional, no es un hecho aislado ni una experiencia individual, sino una dinámica relacional que atraviesa vínculos, roles, dinámicas y generaciones.
Festinger mostró que ante la disonancia no buscamos la verdad, sino aliviar la incomodidad psicológica, por eso se defiende a un abusador porque "conmigo no fue así”, minimizando el daño ajeno. Mientras las familias, las sociedades, las instituciones de justicia, jueces en juzgados familiares sigan mirando las partes sueltas, lo evidente de la disonancia seguirá pasando desapercibido y el daño, sin consecuencias reales.
Las Voces de la Violencia Vicaria también son las voces de niñas, niños y adolescetes que no podrán ser acalladas.
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