Cómplices de la Violencia Vicaria.


Negarse a creer en la palabra de una víctima de abuso emocional o violencia vicaria solo porque la familia encubre al agresor o un funcionario público tiene buena relación con el agresor o porque según la nueva pareja “con ella nunca se ha portado así” no es neutralidad, es una elección, y es una elección profundamente peligrosa. No solo deslegitima el dolor de quien se atreve a hablar, también refuerza el sistema que permite que el abuso continúe.

El abuso y violencia psicoemocional no necesita que todos participen activamente; le basta con que muchas personas o todo un sistema judicial, sistema familiar miren hacia otro lado. Cuando deciden creer más en la experiencia cómoda del agresor, al poner múltiples obstáculos hacia las víctimas, protocolos, procesos y testimonios, se colocan del lado de quien tiene poder, no del lado de la verdad. El agresor se beneficia precisamente de esa lógica: la de la buena reputación, la de la imagen intachable, la de “es buena persona”, la de “seguro es ella la que está exagerando”.

Decir “a mí no me hizo nada” no invalida lo que la víctima sobrevivió. Al contrario, revela cómo opera el abuso: de forma selectiva, estratégica, escondida. Los abusadores y generadores de violencia no dañan a todos por igual; eligen cuándo, cómo y a quién. Por eso pueden ser amables con los vecinos, carismáticos como jefes o perfectos ejemplares sólo en espacios neutrales pero sumamente violentos en privado. Negar esto es negar la realidad de la violencia vicaria. 

Cuando no creen en la víctima, no solo la dejan sola: la exponen, la aislan, la obligan a revivir el daño, a defenderse, a justificar su dolor, mientras el agresor queda intacto, protegido, incluso validado. Ese gesto pasivo, es de hecho una forma de violencia institucional pero además es violencia comunitaria. Porque el silencio, la duda sembrada y la incredulidad también hieren, dañan.

Lo peligroso es que ya fijaron posición en el momento en que priorizaron esa comodidad, el vínculo o la tranquilidad por encima de la justicia y la empatía. No creerle a una víctima es tomar partido. Y ese partido siempre favorece al agresor. 

Creerle a una víctima de Violencia Vicaria no es condenar sin juicio; es reconocer que el abuso previo existe, que no toda la realidad y los hechos son visibles, y que el primer acto empático frente al abuso y la violencia es escuchar, sostener, acompañar y no traicionar la palabra de quien se atrevió a romper el silencio.

Mientras tanto, en retrospectiva, el presente será visto como tiempos obscuros para proteger el Interés Superior y los Derechos Humanos de las víctimas directamente involucradas en la violencia vicaria, niñas, niños, adolescentes y mujeres.

Voces de la Violencia Vicaria también son las voces de la infancia y adolescencia que no podrán ser acalladas.

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