Si la culpa no es tuya, ¿Qué te impide reclamar tu inocencia?


Culpar a las mujeres no es casual ni inocente: es un mecanismo profundamente arraigado que desplaza la atención de donde realmente debería estar. Cuanta más culpa se deposita sobre las mujeres, más se difumina la responsabilidad de quienes ejercen la violencia, de quienes sostienen estructuras injustas o de quienes son indiferentes y prefieren mirar hacia otro lado.

 La culpa funciona como una cortina de humo: mientras una mujer se pregunta qué hizo mal, el sistema que permitió el daño permanece intacto y sin ser cuestionado.

A lo largo de la historia, la culpa ha sido una herramienta de control psicológico y espiritual. Se ha usado para disciplinar, para silenciar y para mantener el orden social que beneficia a unos mientras castiga a otras, a nosotras. Por cada mujer que internaliza que todo es su culpa, la violencia que sufrió, el abuso que calló, la injusticia que la atraviesa, hay una hoguera simbólica que se enciende dentro de ella. Una hoguera hecha de vergüenza, de miedo y de autoacusación. No es una casualidad histórica que muchas veces parezca que seguimos viviendo bajo la lógica de las antiguas persecuciones: la idea de que una mujer “debe haber hecho algo” para merecer lo que le ocurrió.

La quema de brujas como una metáfora no es lejana, es una realidad. Durante siglos se castigó a mujeres por salirse de lo permitido, por incomodar, por saber, por resistir, por prestar atención a su intuición o simplemente por existir fuera de los moldes establecidos. Hoy las hogueras ya no son de fuego, pero siguen encendiéndose a través del juicio social, del descrédito, de la culpabilización constante y de la sospecha permanente sobre la palabra de las mujeres.

Así, las mujeres hemos sido convertidas una y otra vez en chivos expiatorios. Se nos exige asumir responsabilidades que no nos corresponden: la violencia que otros ejercen, los abusos que otros cometen, las fallas de instituciones que deberían protegernos y no lo hacen. Se nos exige cargar con la culpa para que otros puedan conservar la ilusión de inocencia, para que quienes dañan no tengan que mirarse al espejo, y para que las estructuras que producen desigualdad continúen funcionando sin ser desafiadas.

Cuestionar la culpa impuesta a las mujeres no es un acto sin repercusiones, es una forma de romper el hechizo que sostiene muchas injusticias. 

Cuando una mujer deja de preguntarse “¿qué hice mal?” y empieza a preguntar ¿qué me pasó? ¿cómo se llama esto que me pasó? “¿quién es responsable de lo que ocurrió?” ¿Por qué tengo que sentir vergüenza por lo que no merezco, no atraje ni provoqué? el foco cambia y también comienza a cambiar la posibilidad de justicia.

La culpa que se nos ha impuesto durante siglos no solo pesa sobre las mujeres: también protege, encubre y hace cómplices a quienes no han tenido que rendir cuentas de sus actos u omisiones y ahí es justo donde debemos colocar el foco de atención, donde corresponde.

Si la culpa no es tuya, atrevete a reclamar tu inocencia.

Voces de la Violencia Vicaria 

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